Publicado el 14 de marzo de 2025 · Lectura de 6 minutos
La primera semana de una campaña gruesa en el norte de Santiago del Estero no se parece a lo que muestran los folletos de maquinaria. Entre la humedad del suelo y los turnos de siembra, lo que decide el resultado es una seguidilla de ajustes pequeños que casi nunca aparecen en los manuales.
En el lote que seguimos esta temporada, el productor arrancó con la sembradora calibrada para un ambiente homogéneo. A los tres días ya había cambiado la densidad en dos franjas y reducido la velocidad de avance en la zona más pesada. No fue por capricho: el agua útil medida con barreno a 60 centímetros marcaba diferencias de casi 20 milímetros entre lomas y bajos.
El primer cuello de botella no fue la máquina sino el abastecimiento. Con dos tolvas y un solo camión, cada recarga consumía cerca de cuarenta minutos que se sumaban al final del día. Coordinar la logística con el acopio cooperativo antes de arrancar ahorró dos viajes completos durante la semana.
Otra decisión práctica: dejar sin sembrar los sectores con rastrojo muy alto hasta después de una lluvia. Forzar la siembra sobre cobertura densa y seca terminó costando más de lo previsto en la campaña anterior, con fallas de emergencia que obligaron a resembrar un 8 por ciento del lote.
Al cierre de los primeros siete días, el balance era modesto pero concreto: 62 hectáreas sembradas, dos ajustes de dosificación variable y una lista de pendientes para la semana siguiente que incluía revisar el sistema de dosificación en la línea tres y medir nuevamente la humedad antes de retomar.